divendres, 4 d’agost de 2017

La anguila


A veces iba con mis hermanos y mi primo a pescar. Solíamos ir al puerto en autobús. Ellos tenían cañas con carrete y aparejos; yo, un palito con un sedal atado en un extremo y un simple anzuelo. Mi palito no daba problemas, pero ellos, en cambio, se pasaban media tarde desenredando las líneas, desatascando los carretes, ajustando las boyas y los plomos… Bien, pero la cuestión no es ésa; no es que yo pescara más con menos recursos y más rudimentarios por ser una niña de ocho años. Lo que voy a contar es otra cosa.
Aquel día no fuimos al puerto, fuimos al río, ya muy cerca de la desembocadura en la playa. Ya habíamos ido otras veces, aunque en el río sólo había muiles y no eran muy apetecibles. Tampoco es que comiéramos lo que pescábamos, que normalmente nunca llegaba a casa porque lo dejábamos en los solares a los gatos.
Había un señor.
Había un señor muy mayor -tenía el pelo completamente blanco- que llegaba en bicicleta y solía pararse a charlar un rato. Era simpático, supo ganarse nuestra confianza. Recuerdo aquella dentadura tan blanca, seguramente postiza. También recuerdo que tenía una cojera pronunciada y que siempre llevaba camisas a cuadros.
Volviendo a aquel día, mi hermano pequeño cruzó el puente y pasó a la otra orilla. Al cabo de un rato, lo vimos entusiasmado sacando un pez que había picado el anzuelo. Nos gritó que era una anguila. Yo jamás había visto una. Caminé hasta el puente, lo crucé y fui a ver la anguila. No era gran cosa. Mi hermano me la regaló y yo la agarré con dos dedos. Estaba fría, viscosa, y se debatía abriendo mucho la boca.
Retomé el camino de vuelta a la otra orilla y, de repente, apareció el señor amable, que también había cruzado el puente en bicicleta. Paró la bici, se bajó y me propuso llevarme en el trasportín. Yo acepté y él me dio unas indicaciones innecesarias para subirme. ¡Como si nunca me hubiera subido yo en un trasportín! Me dijo "Pones una pierna a cada lado de la rueda y luego te sientas". Y eso estaba haciendo cuando antes de llegar a sentarme sentí sus dedos escurrirse por mi entrepierna debajo de las bragas. Me sobresalté y me quité. Y él, con aquella sonrisa de dientes exageradamente blancos, me dijo que no lo estaba haciendo bien, que lo volviera a intentar. Pensé por un instante que yo me había equivocado, que el señor no pretendía tocarme ahí, que fue algo fortuito, sin querer. Y volví a intentarlo. Y volví a sentir por segunda vez sus dedos deslizarse muy rápidos y certeros por debajo de mis bragas y tocarme ahí donde jamás, nunca, nadie me había tocado.
Me asusté pero no me atreví a exteriorizarlo. Porque aún me quedaba la duda. Cómo aquel señor tan amable y tan mayor… No, no podía ser. No era posible. O sí. No lo sabía. No lo entendía. Le dije que volvía andando y él insistía en llevarme. Todavía lo oigo decir "Ven, nenina, ven, ven…"
Apuré el paso y luego corrí. Al cruzar el puente, me di cuenta que la anguila ya no estaba fría, que tenía la misma temperatura que mis dedos, que ya no se debatía, ya no se erguía, su cuerpecito colgando. Y me entraron muchas ganas de llorar por la anguila muerta.


                                                                                                                                               B. O.G.
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